Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Pues yo os aseguro que nuestra confianza corresponderá siempre a vuestra abnegación —dijo María Estuardo—, y que seréis para nosotros uno de esos amigos para quienes no se guardan secretos y a los cuales nada se les niega. El conde de Montgomery, más conmovido de lo que habría deseado, besó respetuosamente la mano que le presentó la reina, estrechó la del duque de Guisa y, despedido por el rey con una demostración de benevolencia, se retiró, ganado para siempre por medio de un beneficio a la causa del hijo de aquel a quien había jurado perseguir hasta en el último de sus descendientes.

Al llegar a su palacio, Gabriel encontró al almirante Coligny que le estaba esperando.

Había dicho Aloísa al almirante, que iba a visitar a su compañero de armas en San Quintín, que su amo había sido llamado al Louvre aquella mañana. La buena nodriza dio cuenta al almirante de sus temores, y Coligny decidió esperar hasta que el regreso de Gabriel llevara la tranquilidad al ánimo de la nodriza, y al suyo, puesto que también los abrigaba.

Recibió a Gabriel con efusión y le preguntó lo que le había sucedido.


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