Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Ah! —contestó Gabriel—. No son honores los que yo anhelo, sino ocasiones de ser útil al rey y a Francia, ocasiones de combatir… y no me atrevo ya a decir, porque temerÃa pasar plaza de ingrato, ocasiones de morir.
—No habléis asÃ, Gabriel —replicó el Acuchillado—. Decidme tan sólo que cuando el rey os llame para marchar contra sus enemigos, acudiréis presuroso a su llamamiento.
—En dondequiera que esté, monseñor, me encontraréis siempre dispuestos a marchar al punto que se me designe.
—Está muy bien; no os pido otra cosa —dijo el de Guisa.
—Y yo —terció Francisco II—, os doy las gracias por vuestra promesa y procuraré que no os arrepintáis de haberla cumplido.