Las dos Dianas

Las dos Dianas

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La elocuente abnegación del conde les conmovió a todos. María vertía lágrimas, el rey se felicitaba de haber tenido entereza bastante para salvar aquel corazón tan rico en agradecimiento, y en cuanto al duque de Guisa, creía saber mejor que nadie hasta donde podía llegar el ardiente espíritu de sacrificio de Gabriel.

—Sí, amigo mío —le dijo—; desde luego os anuncio que os necesitaré. Algún día reclamaré en nombre de Francia y del rey la valiente espada que nos prometéis.

—Hoy, mañana, siempre la encontraréis dispuesta, monseñor.

—Dejadla tranquila en la vaina durante algún tiempo —añadió el duque de Guisa—. Conforme os ha dicho el rey, hoy todo está tranquilo; las guerras y las facciones duermen. Descansad, pues, Gabriel, y dejad que poco a poco duerman también los rumores funestos que han acompañado a vuestro nombre en estos últimos días. Claro está que ninguno que tenga un corazón noble y generoso ha de pensar en acusaros de lo que sólo es imputable a vuestra desgracia, pero vuestra gloria exige que se extinga poco a poco la cruel reputación de que injustamente gozáis. Más adelante, dentro de uno o dos años, yo pediré al rey para vos el cargo de capitán de guardias, del cual no habéis dejado de ser digno.


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