Las dos Dianas
Las dos Dianas —Pues bien, sà —dijo al fin—, las bondades inesperadas de que me hacéis objeto los que tal vez deberÃais odiarme, cambian completamente el destino de mi vida. Mientras yo viva, vuestra será, señor, vuestra, señora, vuestra, monseñor, la existencia que, por decirlo asÃ, me habéis regalado. ¡Yo no nacà malo, no! El beneficio que me otorgáis conmueve mi corazón. Nacà para consagrarme, para sacrificarme por otros, para servir de instrumento a los grandes ideales y a los grandes hombres… instrumento muchas veces afortunado… ¡funesto otras! ¡Ay! ¡Bien lo sabÃa la cólera de Dios! Pero no hablemos de un pasado lúgubre, ya que tenéis la bondad de abrir ante mis ojos un porvenir. Este porvenir no es mÃo, os pertenece a vosotros, es propiedad de los objetos de mi admiración y de mi convicción. Desde hoy hago renuncia absoluta de mi voluntad: hagan de mà lo que quieran los seres y las cosas en las cuales creo. Mi espada, mi sangre, mi vida, todo lo que soy y valgo es suyo, y sin reservas y por siempre consagro mi brazo a vuestro genio, monseñor, como consagro mi alma a la religión.
No dijo a cuál, pero ninguno de sus oyentes sospechó que pudiera referirse a la protestante.