Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡SÃ, padre mÃo! HabÃa jurado vengar vuestra muerte no sólo en la persona del que os asesinó, sino en las de los individuos de su raza. ¡SÃ, padre mÃo, sÃ, es verdad, pero al prestar ese juramento, no pude prever lo que está pasando! ¿Por ventura no existen deberes acaso más sagrados que el mismo juramento? ¿Hay razón que obligue a herir a un enemigo que os pone la espada en la mano y ofrece el pecho desnudo a vuestros golpes? Si vivierais, padre mÃo, seguro estoy de que me aconsejarÃais que adormeciese mi cólera y que no contestase a la confianza con la traición. Perdonadme, pues, muerto, lo que me habrÃais ordenado vivo. Por otra parte, el corazón, que no suele engañar, me dice que mi venganza no se diferirá mucho tiempo. Desde el cielo, donde os halláis, sabéis lo que los mortales apenas si acertamos a presentir, pero la palidez de nuestro débil rey, la mirada espantosa que le ha fulminado su madre, las predicciones, fieles hasta hoy, que me condenan a ser vÃctima del furor de esa mujer, las conjuraciones ya urdidas contra un reinado que principió ayer, todo me prueba que el joven de diez y seis años reinará menos tiempo que el hombre de cuarenta, y que podré muy pronto, padre mÃo, proseguir mi tarea y cumplir mi juramento de expiación en la persona de otro hijo de Enrique II.