Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Nada más por hoy —contestó el secretario—. Pero todavía no me ha indicado monseñor qué es lo que debemos hacer con Gilles Rose.

—Escuchad: le sacaréis de la cárcel, juntamente con todos los rateros más hábiles que le acompañen, y enviaréis a todos esos buenos perillanes a Blois, a fin de que, en la fiesta que se prepara en honor del rey, diviertan a su majestad con lo más selecto de sus juegos de manos.

—¡Pero, monseñor! ¿Y si se quedan con los objetos que roben en broma?

—Si toman en serio lo que se les consiente en broma, serán ahorcados.

En aquel momento se presentó un ujier anunciando:

—El señor inquisidor de la fe.

El secretario, sin esperar a que le mandaran salir, se inclinó profundamente y desapareció.

El que entraba era, en efecto, una persona importante y temible. A sus títulos ordinarios de doctor de la Sorbona y de canónigo de Noyón, reunía el extraordinario de inquisidor de la fe de Francia. No es de admirar, pues, que, en su deseo de que su nombre fuera tan retumbante como sus títulos, se hiciese llamar Démocharés, aunque se llamaba sencillamente Antonio de Mouchy. El pueblo bautizó a sus emisarios con el remoquete de Moscardones, y desde entonces, se da ese nombre en Francia a los espías o soplones, en el argot picaresco.


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