Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Hola, señor teniente de policÃa! —dijo el inquisidor.
—¡Hola, señor gran inquisidor! —respondió el señor de Braguelonne.
—¿Qué hay de nuevo en ParÃs?
—Iba a dirigiros la misma pregunta.
—Lo que quiere decir que no hay nada —dijo Démocharés exhalando un suspiro—. ¡Ah! ¡Malos tiempos corremos! ¡La paralización es desesperante! ¡Ni un mal complot… ni un ligero atentado! ¡Qué cobardes son esos hugonotes! ¡Nuestro oficio está en baja, señor de Braguelonne!
—Eso no, señor inquisidor; los gobiernos pasan, pero la policÃa perdura.
—Sin embargo, ved de qué nos ha servido vuestra incursión a mano armada en el centro de los reformados de la calle de los Marais. Yo creà que, conforme me habÃais anunciado, les sorprenderÃais comiendo cerdo en vez del cordero pascual, pero el único botÃn que trajisteis de tan brillante expedición fue un mÃsero pollo asado. ¿Creéis, señor teniente de policÃa, que empresas tan gloriosas como esta hacen mucho honor a vuestra institución?