Las dos Dianas
Las dos Dianas —No siempre se consigue lo que se desea, señor inquisidor. ¿Estuvisteis vos más afortunado en vuestro asunto con ese abogado de la Plaza de Maubert, ese abogado llamado Trouillard, si mal no recuerdo? Sin embargo, os prometÃais grandes resultados.
—Confieso que asà era.
—Dabais por cierto y averiguado que podrÃais probar, tan claro como la luz del dÃa, que Trouillard, a la terminación de una orgÃa espantosa, habÃa entregado a sus dos hijas a los apetitos de sus correligionarios. Contáis con testigos que os prometen declararlo asÃ, y en efecto: llegado el momento de declarar, afirman todo lo contrario.
—¡Traidores!
—En cambio se ha probado hasta la saciedad que no ha recibido detrimento alguno la virtud de esas jóvenes.
—¡Es verdad… es verdad!
—¡Una operación fracasada, señor inquisidor, una operación fracasada!
—¡Cierto! —gritó el inquisidor—. ¡Fracasada, pero por culpa vuestra!
—¿Por culpa mÃa? ¿Cómo?
—¡Claro que por culpa vuestra! ¡Si no hicierais caso de informes, de retractaciones, de tonterÃas…! ¿Qué importa que nieguen? ¡Se les condena, y asunto terminado!