Las dos Dianas
Las dos Dianas —¿Sin pruebas?
—¡No hacen falta!
—¿Aunque sean inocentes?
—No lo son.
—¿Y los clamores y las iras que se desencadenarÃan contra nosotros?
—¡Ahà es dónde yo os esperaba! —exclamó Démocharés con expresión triunfante—. ¡Ya estamos en la piedra de toque de todo mi sistema! ¿Cuál es la consecuencia natural de los clamores de que habláis? ¡Las conjuraciones! ¿Qué resultado dan las conjuraciones? ¡Los trastornos y revueltas! ¿Y para qué sirven los trastornos y las revueltas? Para demostrar la utilidad de nuestras funciones.
—Desde ese punto de vista, es cierto… —contestó riendo el señor de Braguelonne.
—Tened siempre presente este axioma: Para cosechar crÃmenes, es preciso sembrarlos. Además: la persecución es una fuerza.
—¡Me parece que no hemos hecho otra cosa que sembrar desde el comienzo de este reinado! Tampoco hemos sido parcos en la persecución, y hubiera sido difÃcil excitar y provocar a los descontentos de toda clase más de lo que hemos hecho.
—¡Bah! ¿Qué se ha hecho en total?
—En primer lugar, visitas diarias a las casas de los hugonotes.