Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Todo eso es nada, desde el momento en que las sufren resignados.

—¿Es nada también el suplicio de Anne Dubourg, sobrina del canciller de Francia, a quien quemamos hace dos meses en la Plaza de la Gréve?

—Habría sido algo, si el suplicio hubiese tenido consecuencias, pero no las tuvo, porque no llamo consecuencias al asesinato del presidente Minard, uno de los jueces, y a una pretendida conspiración cuyas huellas no ha sido posible hallar.

—¿Y qué juicio os merece el último edicto, que no sólo ataca a los hugonotes sino a toda la nobleza del reino? De mí puedo decir, y así lo hice presente al señor cardenal de Lorena, que le encuentro atrevido en exceso.

—¿Os referís a la disposición que ha suprimido las pensiones?

—Me refiero a la que prescribe a todos los pretendientes, nobles o plebeyos, que abandonen la corte dentro del plazo de veinticuatro horas, bajo pena de ser ahorcados. Medir con la misma vara a los caballeros y a los plebeyos resulta duro.

—Sí… la medida es atrevida, lo reconozco. Hace cincuenta años, habría bastado para que se sublevase en masa toda la nobleza del reino; pero hoy, ya lo veis: han gritado, pero sin obrar. Nadie se mueve.


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