Las dos Dianas
Las dos Dianas —Puede que os equivoquéis —dijo el señor de Braguelonne bajando la voz—. No se mueven en ParÃs, pero, si no me equivoco, se agitan demasiado en provincias.
—¡Ah! ¿Tenéis noticias?
—TodavÃa no; pero las espero.
—¿De dónde?
—Del Loire.
—¿Tenéis allà emisarios?
—Uno solo, pero bueno.
—¡Uno solo! ¡Algo arriesgado es eso!
—Prefiero pagar un solo emisario, siempre que sea inteligente y seguro, aunque me cueste tanto como veinte tunantes estúpidos. Tengo ese modo de ver las cosas.
—SÃ… ¿pero, quién os responde de ese hombre?
—Su cabeza, en primer lugar, y en segundo, los servicios que me ha prestado. No me fiarÃa si no me hubiese dado pruebas.
—Con todo, no deja de ser arriesgado.
No habÃa terminado de hablar Démocharés, cuando entró sin hacer ruido Arpión y deslizó algunas palabras al oÃdo de su jefe.
—¡Ah! —exclamó el teniente de policÃa—. Que pase Ligniéres al momento, Arpión… SÃ; no importa que esté el señor inquisidor.
Arpión hizo una reverencia y salió.