Las dos Dianas

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Capítulo XLI

LO primero que hizo Ligniéres al entrar fue dirigir a Démocharés una mirada de desconfianza; saludó después al señor de Braguelonne, y finalmente quedó silencioso, inmóvil, esperando prudentemente que le interrogasen.

—Me alegro infinito de veros, señor Ligniéres —dijo el señor de Braguelonne—. Podéis hablar sin temor delante del señor gran inquisidor de la fe en Francia.

—¡Oh, sin la menor duda! —exclamó presuroso Ligniéres—. Si yo hubiese sabido que me hallaba en presencia del ilustre señor Démocharés, creed, monseñor, que no hubiera titubeado un instante.

—Muy bien —dijo Démocharés, aprobando con movimientos de cabeza la respetuosa deferencia del espía.

—¡Hablad… hablad pronto! —repuso el teniente de policía.

—Pero es el caso que tal vez el señor no esté muy al corriente de lo que pasó en el penúltimo conciliábulo de los protestantes celebrado en la Ferté —observó Ligniéres.

—En efecto, no sé gran cosa —respondió Démocharés.


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