Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—En realidad —dijo—, no ha sido muy grave la primera asamblea reunida en la Ferté, pues se han limitado a decir y a hacer cuatro tonterías. Yo propuse el destronamiento de su majestad y la proclamación en Francia de la Constitución de los Cantones suizos, y no coseché más que una tempestad de injurias. Tan sólo se acordó, y aun eso con carácter provisional, dirigir al rey una exposición, suplicándole que ponga término a las persecuciones contra los protestantes, que despida de su lado a los Guisa, llame a los príncipes de la sangre y convoque inmediatamente Estados Generales. Poca cosa, nada, mejor dicho, es una simple solicitud. Sin embargo, se hizo recuento de fuerzas y se trató de la organización de las mismas, y eso ya es algo. También se trató de nombrar jefes, y mientras la cuestión estuvo reducida a la elección de jefes secundarios de distritos, no surgieron dificultades; pero, en cambio, costó gran trabajo nombrar jefe supremo, designar al que había de ser la cabeza de la conspiración. El almirante Coligny y el príncipe de Condé han declinado por medio de sus representantes el peligroso honor que querían conferirles designándoles para tan alto cargo. Sus representantes manifestaron que sería más acertado escoger un hugonote de posición menos elevada que la suya, a fin de que el movimiento ofreciera el carácter de una empresa popular. El pretexto es bueno para los tontos, pero es lo cierto que se conformaron con él, acabando por elegir, no sin largos debates, a Godofredo de Barry, señor de La Rénaudie.


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