Las dos Dianas
Las dos Dianas
OLVEMOS a encontrar a Avenelles tan tÃmido como el dÃa que le conocimos, pero sin sombra de la energÃa que entonces desplegó.
Después de haber saludado a Démocharés y al señor de Braguelonne, inclinando su frente casi hasta tocar el suelo, dijo con voz temblorosa:
—¿Estoy, sin duda, en presencia del señor teniente de policÃa…?
—Y del señor gran inquisidor de la fe —añadió Braguelonne señalando a Démocharés:
—¡Jesús! —exclamó el pobre Avenelles, palideciendo, si era posible, más y más—; monseñores, tenéis en vuestra presencia a un gran culpable, sÃ, a un gran culpable. ¿Puedo esperar indulgencia? ¡No lo sé! ¿Podrá atenuar mis culpas una confesión sincera? Vuestra clemencia contestará.
El señor de Braguelonne, comprendiendo al momento con qué clase de hombre se las habÃa, contestó con voz áspera:
—No basta la confesión; es precisa la reparación.
—¡Oh! ¡Si en mi mano está, repararé, monseñor! —exclamó Avenelles.
—Para ello serÃa preciso que nos prestaseis algún servicio, que nos hicierais alguna revelación importante —repuso el teniente de policÃa.
