Las dos Dianas
Las dos Dianas —Sà —dijo Braguelonne—; vuestra casa tiene, a no dudar, alguna salida secreta, alguna galerÃa oculta, algún medio desconocido de comunicación con el exterior; pero uno de estos dÃas demoleremos ese cubil hasta no dejar piedra sobre piedra, y quiera o no habrá de descubrirnos su secreto.
—Lo descubriré yo mismo —respondió el abogado—. Confieso, monseñor, que he admitido y hospedado alguna vez en mi casa a protestantes. Pagan bien su hospedaje y los pleitos producen hoy muy poco. ¡Comprenderéis que es preciso vivir! Pero no volverá a suceder, y si abjuro, de seguro que ningún hugonote vuelve a llamar a mi puerta.
—Sabemos también que habéis hecho uso frecuente de la palabra en los conciliábulos protestantes —añadió Démocharés.
—Soy abogado —observó con acento lastimero Avenelles—. He hablado con frecuencia, lo reconozco, pero siempre abogué por las medidas moderadas. Debéis saberlo, puesto que nada ignoráis.
Y atreviéndose a alzar la vista hasta los rostros de los dos siniestros personajes, repuso:
—Pero, perdonadme si digo que creo que no lo sabéis todo. Tan sólo habéis hablado de mÃ, sin aludir a los asuntos generales del partido, que tienen mucha más importancia que mi humilde persona, de lo que infiero con placer que ignoráis muchas cosas.