Las dos Dianas
Las dos Dianas —Estáis completamente equivocado —replicó el teniente de policÃa—, y voy a demostraros lo contrario.
Démocharés le hizo una seña para que tuviese cuidado con lo que iba a decir.
—Os comprendo, señor gran inquisidor —dijo Braguelonne—; pero sin pecar de imprudente puedo descubrir nuestro juego al abogado, toda vez que no ha de salir de aquà en algún tiempo.
—¡Cómo! ¿Que no saldré en algún tiempo de aqu� —preguntó Pedro des Avenelles aterrado.
—Naturalmente que no —contestó con calma Braguelonne—. ¿Os habéis figurado que es tan fácil presentarse aquà pretextando que venÃs a hacer revelaciones, cercioraros con toda tranquilidad de lo que sabemos y pensamos, y luego ir a contarlo todo a vuestros cómplices? No, amigo mÃo, no; el oficio tiene sus quiebras. Desde este momento sois nuestro prisionero.
—¡Prisionero! —repitió Avenelles consternado.
Luego reflexionó un instante y adoptó su partido. Ya sabemos que nuestro hombre poseÃa en grado superlativo el valor de la cobardÃa.