Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Mejor! —exclamó de pronto—. ¡Lo prefiero! ¡Más seguro estoy aquà que mi casa, en medio de sus complots! Y puesto que estáis decidido a tenerme recluido, señor teniente de policÃa, creo que ningún inconveniente tendréis en contestar a algunas preguntas que me tomaré la libertad de dirigiros. Mi opinión es que vuestros informes no son tan completos como suponéis, y que encontraré manera de demostraros, con alguna revelación importante, mi buena fe y mi lealtad.
—¡Hum! ¡Lo dudo mucho! —murmuró Braguelonne.
—Ante todo, monseñor: ¿qué sabéis de las últimas asambleas de los hugonotes? —preguntó el abogado.
—¿Os referÃs a la de Nantes? —interrogó el teniente de policÃa.
—¡Ah! También sabéis… ¡Pues bien, sÃ! ¿Qué ocurrió en la de Nantes?
—¿AludÃs, sin duda, a la conspiración que allà se fraguó?
—¡Ay de mÃ! ¡SÃ! ¡Voy viendo que no podré deciros mucho más de lo que sabéis! ¿Y esa conspiración…?