Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Oh, gracias, gracias, mi galante rey! No envidio la suerte de nuestra hermana Isabel de España, de quien se dice que jamás se pone dos veces un mismo vestido. Sin embargo, no quisiera que en Francia, ninguna mujer, ni aun tu madre, te pareciese mejor adornada que yo.
—¿Y qué importa eso, después de todo, si para mà has de ser siempre la más hermosa?
—Anoche no debà parecértelo —replicó la reina un poquito enojada—; porque cuando terminé de bailar la danza de las antorchas, no me dijiste una sola palabra. Yo recelo que no te agradé.
—¡Y mucho! —exclamó con ardor Francisco—. ¿Pero qué podÃa yo decir, santo Dios, al lado de todos aquellos ingenios de la corte, que te cumplimentaban en prosa y en verso? Dubellay pretendÃa que tú no necesitabas antorcha como las demás damas, porque tenÃas sobrada luz y sobrado fuego en tus bellos ojos; Maisonfleur decÃa que temblaba al pensar en el peligro de tus pupilas, que podÃan reducir a pavesas la sala entera, a cuyo propósito añadÃa Ronsard que los astros de tus miradas debÃan ser las luminarias de la noche y los manantiales de luz que durante el dÃa eclipsasen los rayos del sol. ¿PodÃa yo verter un jarro de agua frÃa sobre tan lindas frases poéticas diciendo, pues que otra cosa no habrÃa podido decir, que me parecÃas, tú encantadora, y bellÃsima la danza?