Las dos Dianas
Las dos Dianas —En efecto. ¿No te llamó la atención el furor con que golpeaba la cabeza de la HerejÃa?
—Es verdad; cuando aquella avanzó en forma de serpiente, rodeada de llamas, Carlos se puso fuera de sÃ.
—Y dime, queridito: ¿no observaste que la cabeza de la HerejÃa se parecÃa a alguien?
—Justamente: yo creà que me engañaba, pero estoy por decir que tenÃa cierto parecido con el señor de Coligny; ¿es verdad?
—Di más bien que era el vivo retrato del almirante.
—¿Y aquella legión de diablos que se lo llevaron?
—¿Y la alegrÃa de nuestro buen tÃo el cardenal?
—¿Y la sonrisa de mi madre?
—¡Daba espanto! —exclamó MarÃa Estuardo—. Pero de todos modos, Francisco, tu madre estaba ayer muy hermosa con su vestido bordado de oro y su rico velo de crespón. ¡MagnÃfico traje!
—SÃ, queridita mÃa, por eso he hecho pedir a Constantinopla otro igual para ti. Te lo traerá Grandchamp, juntamente con un velo de gasa romana, parecido al de mi madre.