Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Pero empalagosamente aduladores, querida mía. No es muy divertido que digamos escuchar alabanzas exageradas durante horas enteras, tanto, que anoche se me ocurrió que nuestro buen Dios debe de sufrir algunos ratos de impaciencia en el empíreo. Añade a esto que esos señores, y particularmente Baïf y Maisonfleur, siembran en sus discursos con profusión desesperante palabras latinas que no siempre entiendo.

—Sí, pero es de muy buen gusto y denota erudición —replicó María.

—Para ti sí, María, porque has estudiado y sabes —contestó el rey suspirando—. Haces versos y entiendes el latín, fruta que yo nunca he podido morder.

—El saber es el recreo que se nos permite a nosotras las mujeres, al paso que vosotros, los hombres, y particularmente los príncipes, habéis nacido para la acción y el mando.

—A pesar de todo, yo quisiera, aunque no fuese más que para igualarte en algo, ser tan instruido como… ¿como quién diré? Como mi hermano Carlos, por ejemplo.

—A propósito de tu hermano Carlos: ¿le observaste ayer en el papel de la alegoría de la Religión defendida por las tres virtudes teologales?

—Sí; era uno de los caballeros que representaban las virtudes: la de la Caridad, si no recuerdo mal.


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