Las dos Dianas
Las dos Dianas
UÉ es esto, señor cardenal! —exclamó con vivacidad el joven rey—. ¿No se me ha de conceder un solo instante de descanso y de libertad, ni siquiera en este sitio?
—Señor —contestó Carlos de Lorena—; siento mucho contravenir las órdenes dadas por vuestra majestad; pero el asunto que aquà nos trae a mi hermano y a mà es de tal gravedad, que no admite dilación.
Entró entonces el duque de Guisa con paso mesurado, saludó en silencio al rey y a la reina, y permaneció en pie detrás de su hermano, mudo, inmóvil y serio.
—¡Vamos! ¡Os escucho, señor cardenal! —dijo Francisco—. ¡Hablad!
—Señor —repuso el cardenal—: Acaba de ser descubierta una conspiración tramada contra vuestra majestad. Vuestra vida no está segura en este palacio, y es preciso abandonarlo inmediatamente.
—¡Una conspiración! ¡Salir inmediatamente de Blois! —exclamó Francisco II—. ¿Pero qué quiere decir eso?
—Quiere decir, señor, que hay malvados que atentan contra la vida y el trono de vuestra majestad.
—¡Cómo! ¿Odian a un niño que subió ayer al trono, a un niño que jamás hizo daño a nadie, al menos voluntariamente y a sabiendas? ¿Quiénes son esos malvados, señor cardenal?
