Las dos Dianas
Las dos Dianas
ESDE el torneo fatal del 30 de junio, Gabriel había hecho una vida tranquila, retirada y triste. Aquel hombre enérgico, infatigable y de acción, cuyos días fueron en otro tiempo tan movidos y apasionados, se complacía entonces en la soledad y en el olvido.
Nunca se presentaba en la corte, ni visitaba a un amigo; apenas salía de su palacio donde veía pasar sus horas largas y tediosas entre su nodriza Aloísa y su paje Andrés, que había vuelto a su servicio cuando Diana de Castro se refugió bruscamente en el convento de Benedictinas de San Quintín.
Gabriel, joven aún por los años, era un viejo por el dolor. Tenía recuerdos, pero no esperanzas.
¡Con cuánta frecuencia, durante aquellos meses, más largos que años, lamentó no haber muerto! ¡Cuántas veces se preguntó con dolor por qué el duque de Guisa y María Estuardo se habían interpuesto entre él y la cólera de Catalina de Médicis, imponiéndole de este modo el amargo beneficio de la vida! ¿Qué hacía él, en efecto, en el mundo? ¿Para qué era ya útil? ¿No era la existencia en que vegetaba más estéril todavía que la tumba? ¡Su existencia…! ¿Podía, acaso, llamarse existencia?
