Las dos Dianas
Las dos Dianas Tenía, no obstante, momentos en que su juventud y su vigor protestaban en él contra él mismo, y cuando esto sucedía, Gabriel erguía altivo la frente, extendía el brazo y miraba su espada.
Sentía vagamente que no había terminado su vida, que le quedaba un porvenir, y que en el reloj de su existencia sonaría tarde o temprano la hora cálida de la lucha, acaso de la victoria.
Meditándolo bien, tan sólo veía dos probabilidades de volver a la verdadera vida, es decir, a la acción: una guerra contra el extranjero o la persecución religiosa.
Si Francia, si el rey, se veían comprometidos o arrastrados a una guerra nueva, de conquista o de defensa, bien para intentar una invasión, bien para rechazarla, el conde de Montgomery se decía que renacerían al punto sus ardores juveniles, y que le sería dulce y agradable morir como había vivido: luchando.
Aparte de su inclinación natural a la lucha, deseaba pagar así la deuda involuntaria que había contraído con el duque de Guisa y con Francisco II.