Las dos Dianas
Las dos Dianas También creía Gabriel que sería hermoso perder la vida en defensa de la causa de la Reforma; y es que su corazón noble y generoso necesitaba consagrarse a alguien o a algo, a una persona o a una cosa. En otro tiempo, se jugó cien veces la vida por salvar o vengar a su padre y a su querida Diana… ¡Crueles y eternos recuerdos para su alma destrozada! Ahora, a falta de aquellos seres queridos, hubiera deseado defender ideas religiosas. En vez de su padre, la patria, en vez de Diana, una religión.
Se dirá que no era lo mismo; que el entusiasmo que despiertan las abstracciones no iguala, ni con mucho, sea en los sufrimientos, sea en las alegrías, al que nace de la ternura hacia las criaturas. No discutimos esta verdad: pero insistimos en declarar que Gabriel se habría sacrificado gustoso por cualquiera de las dos ideas abstractas, de patria o de religión, y que en uno de estos dos sacrificios confiaba para llegar al anhelado desenlace de su suerte.
El día 6 de marzo por la mañana, Gabriel, sentado en un sillón cerca de la lumbre, estaba absorto en sus reflexiones habituales, cuando Aloísa le presentó un mensajero calzado con botas de camino y cubierto de barro, como quien llega de un largo viaje.
El correo, pues correo era, venía de Amboise con numerosa escolta, y era portador de varias cartas del señor duque de Guisa, teniente general del reino.