Las dos Dianas

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Capítulo XLVI

EN el castillo de Amboise y en la habitación del duque de Guisa había un hombre alto, nervudo y vigoroso, de facciones pronunciadas y continente altivo y atrevido, que vestía el uniforme de capitán de arcabuceros. El Acuchillado le interrogaba.

—Me ha asegurado el mariscal de Brissac, capitán Richelieu —decía el duque—, que podía tener en vos ciega confianza.

—El señor mariscal de Brissac es muy bondadoso conmigo —contestó el capitán Richelieu.

—Sois ambicioso, según parece, caballero —repuso el duque.

—Deseo, a lo menos, monseñor, no ser capitán de arcabuceros toda mi vida. Aunque desciendo de ilustre familia, tanto, que ya en la batalla de Bovines encontramos entre los caballeros señores de Plessis, soy el quinto de mis seis hermanos, y por tanto, necesito ayudar algo a mi fortuna, en vez de disminuir mi patrimonio.

—¡Muy bien! —dijo con evidente satisfacción el duque—. Podéis prestarnos aquí algunos buenos servicios, de los cuales no tendréis que arrepentiros.

—Dispuesto estoy a poner en su cumplimiento toda mi buena voluntad.

—Para principiar, os he confiado la defensa de la puerta principal del castillo.

—Cumpliré con mi deber, monseñor.


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