Las dos Dianas
Las dos Dianas —No es presumible que los señores reformados cometan la torpeza de intentar el ataque por un sitio al que únicamente podrían llegar después de apoderarse de siete puertas consecutivas, pero, como en lo sucesivo nadie ha de entrar ni salir más que por allí, la puerta que os confío es de la mayor importancia. Así, pues, no dejaréis entrar ni salir a nadie que no lleve una orden expresa firmada por mi mano.
—Así se hará, monseñor. A propósito: debo deciros que hace un momento se presentó un caballero joven llamado el conde de Montgomery, el cual no trae una orden expresa, pero sí un salvoconducto firmado por vos. Dice que viene de París. ¿Debo dejarle llegar hasta vos, como solicita, monseñor?