Las dos Dianas

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—¡Sí, sí; pero al instante! —respondió el duque de Guisa—. Pero esperad un momento, que aún no he acabado de daros mis instrucciones. Hoy, a eso del mediodía, debe de llegar a la puerta cuya custodia os he confiado el príncipe de Condé, a quien hemos mandado llamar para tener en nuestro poder al presunto jefe de los rebeldes. Respondo de que vendrá, porque no se atreverá a dar base a nuestras sospechas dejando de acudir a nuestro llamamiento. Le franquearéis la puerta, capitán, pero a él solo, en manera alguna a los que pudiera traer consigo. Cuidaréis de que vuestros soldados ocupen todos los nichos, garitas y casamatas que hay a lo largo de la bóveda, y cuando llegue el príncipe, a pretexto de rendirle los honores debidos a su rango, haréis que formen todos en parada, arcabuz en mano y con la mecha encendida.

—Se hará como ordenáis, monseñor.

—Además —añadió el duque de Guisa—; cuando ataquen los reformados y empiece el combate, vigilad de cerca y personalmente a nuestro príncipe; capitán, no le perdáis de vista, y si da un paso que no debe, si trata de unirse a los sitiadores, o si vacila y titubea en desenvainar la espada contra ellos, como se lo ordena su deber… no vaciléis vos: heridle sin consideración.


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