Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Capítulo XLVIII

NO salió Gabriel del castillo de Noizai, sino que resolvió pasar en él la noche. Su presencia sería para los protestantes demostración de su buena fe, en el caso de que fueran atacados, y, por otra parte, abrigaba esperanzas de convencer a la mañana siguiente, si no a Castelnau, a algún otro jefe que no estuviese tan ciegamente obstinado. ¡Si llegase La Rénaudie!

Dejóle Castelnau en libertad completa, y hasta pareció que le trataba con algún desdén, no haciendo el menor caso de él.

Aquella noche le encontró muchas veces Gabriel en las galerías y en los salones del castillo, yendo, viniendo y dando órdenes para los reconocimientos y provisión de víveres, pero no se cruzó una sola palabra entre aquellos dos esforzados jóvenes, tan nobles y orgullosos el uno como el otro.

Durante las eternas horas de aquella noche angustiosa, el conde de Montgomery, demasiado inquieto para poder conciliar el sueño, estuvo en las murallas escuchando, meditando y orando.

Con el día empezaron a llegar las tropas de los reformados formando grupos poco numerosos.

A las ocho se habían reunido ya en número considerable, y a las once, Castelnau no aguardaba ninguna fracción.


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