Las dos Dianas

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Capítulo XLIX

POR fortuna, el bosque de Château-Regnault distaba escasamente legua y media de Noizai. Gabriel se dirigió a galope tendido hacia aquel punto, pero después de invertir una hora en recorrerlo en todas direcciones, tuvo el sentimiento de no encontrar tropa alguna, ni amiga ni enemiga.

Al fin, a la revuelta de una especie de alameda, le pareció oír el acompasado galopar de muchos caballos. Las tropas no debían de pertenecer al ejército de los reformados, puesto que reían y hablaban libremente, al paso que los hugonotes, demasiado interesados en ocultar su paso, seguramente habrían guardado el silencio más absoluto.

A pesar de todo, Gabriel dirigió su marcha hacia aquel lado, no tardando en descubrir las bandas rojas de las tropas reales.

Adelantó decidido hasta encontrar al jefe, quien le reconoció al momento, de la misma manera que Gabriel le reconoció a él.

Era el barón de Pardaillan, oficial joven y valiente, que se había batido a su lado a las órdenes del duque de Guisa.

—¡Hola! —exclamó—. ¡El conde de Montgomery! ¡Yo os creía en Noizai!

—De allí vengo.


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