Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡SegurÃsimo! Las instrucciones que he recibido son harto precisas, y los informes de los miserables que le han vendido demasiado fieles y exactos. Para que os convenzáis, os diré que, dentro de un cuarto de hora de marcha, en la segunda alameda, a la izquierda, debo encontrarme frente a frente con La Rénaudie.
—¿Y si tomaseis esa otra alameda…? —insinuó Gabriel.
—FaltarÃa a mi deber y a mi honor de soldado —contestó Pardaillan—. Además; aunque quisiera hacerlo, no podrÃa: mis dos tenientes han recibido del duque de Guisa las mismas órdenes que yo y se opondrÃan a que yo faltase a ellas. No; una sola esperanza me resta, y es que La Rénaudie se avenga a entregárseme. Pero es una esperanza muy incierta, porque mi primo es bravo y orgulloso, incapaz de dejarse sorprender en campo abierto como Castelnau, y por otra parte, mis fuerzas apenas si serán superiores en número a las suyas. De todos modos, señor de Montgomery, no dudo que me ayudaréis a aconsejarle la paz.
—Haré cuanto esté de mi parte.
—¡Váyanse al diablo las guerras civiles! —exclamó Pardaillan.
Caminaron cerca de diez minutos sin cambiar una palabra más.
Asà que doblaron la segunda alameda oblicuando hacia la izquierda, dijo Pardaillan: