Las dos Dianas

Las dos Dianas

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CapĂ­tulo L

ERA de esperar que, rendidas las fuerzas rebeldes del castillo de Noizai y vencidas las que lucharon en el bosque de Château-Regnault, hubiese terminado todo. Así probablemente habría sucedido, de haber sido advertidos a tiempo los conjurados de Nantes; pero, ignorantes estos de los dos descalabros sucesivos sufridos por su partido, continuaron su marcha sobre Amboise, dispuestos a atacar la plaza aquella noche.

Ya sabemos que, merced a las exactas noticias de Ligniéres, en Amboise estaban convenientemente preparados para su llegada.

El rey no había querido acostarse; disgustado e inquieto iba y venía con paso febril de un extremo a otro del vasto salón que le habían reservado para cámara.

Velaban a su lado MarĂ­a Estuardo, el duque de Guisa y el cardenal de Lorena.

—¡Qué noche tan larga! —exclamaba Francisco II—. Sufro horriblemente, mi cabeza es un volcán en erupción y vuelven a torturarme estos insoportables dolores de oído… ¡Qué noche, santo Dios, qué noche!

—¡Mi pobre y querido Francisco! —contestaba con voz dulce María—. ¡No os agitéis así, os lo suplico, porque vuestra agitación aumenta vuestros sufrimientos físicos y morales! ¿Por qué no descansáis un rato?


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