Las dos Dianas
Las dos Dianas Hubo un momento de silencio durante el cual todos los presentes pensaban sin duda en aquel extraño prodigio de fingimiento ofrecido por un príncipe de la sangre a toda una corte, en la cual hasta los pajes sabían que era mil veces culpable del crimen del cual pretendía justificarse con indignación tan admirablemente fingida.
Pero, a decir verdad, únicamente el rey tuvo la candidez de asombrarse, pues los demás, sin excepción, supieron hacer justicia al valor del príncipe y estimar en lo que valía su virtud.
Las ideas de las cortes italianas sobre la política, importadas por Catalina dé Médicis y sus florentinos, estaban a la sazón de moda en Francia. El que mejor sabía engañar era celebrado como más hábil, y el arte consistía en ocultar las ideas y disfrazar los actos. La sinceridad entonces, habría pasado plaza de simpleza.
No pudieron librarse del contagio ni los caracteres más nobles y puros de aquel tiempo, tales como Coligny, Conde, el canciller Olivier y otros.
Se comprenderá, pues, que el duque de Guisa, lejos de despreciar al príncipe de Condé por su inconcebible descaro, le admiró. Pero al mismo tiempo se dijo a sí mismo que no le envidiaba sus dotes de fingimiento, y para demostrarlo, dio un paso al frente, se quitó muy despacio un guante, y lo arrojó al lado del príncipe.