Las dos Dianas

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Hubo un momento de sorpresa, porque al pronto se creyó que iba a recoger la insolente provocación del príncipe.

Con voz fuerte, decidida, casi de convencimiento, dijo:

—Yo apruebo y sostengo las palabras del príncipe de Condé, y como tengo el honor de ser pariente suyo, me honra tanto ser su servidor, que me ofrezco a secundarle y a batirme contra quien se presente, ayudándole de este modo en tan justa defensa.

El Acuchillado paseaba altivo su mirada sobre los que le rodeaban.

El príncipe de Condé no pudo menos de bajar los ojos; se sentía vencido, derrotado, más completamente que si lo hubiera sido en campo abierto.

—¿No hay quien levante el guante del príncipe de Condé ni el mío? —preguntó el duque de Guisa.

Nadie se movió.

—Primo —dijo Francisco II sonriendo melancólicamente—; me parece que habéis quedado, según deseabais, limpio de toda sospecha de felonía.

—Así es, señor —contestó con impudencia el Capitán mudo—; doy las gracias a vuestra majestad por haberme ayudado…

Volvióse, no sin violencia, hacia el Acuchillado, y añadió:


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