Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Señor —dijo al rey—; los rebeldes huyen después de haber sufrido una derrota completa. Apenas han tenido tiempo de hacer volar, sin causarnos daños, un barril de pólvora que habían preparado junto a una de las puertas. Los que no han sido muertos o quedado prisioneros, han repasado el puente y se han hecho fuertes en una de las casas del Arrabal del Vendômois, donde les tenemos seguros… La cosecha será abundante… Desde esta ventana puede ver vuestra majestad cómo se les trata.

El rey se dirigiĂł hacia la venta, seguido a cierta distancia por el cardenal y por la reina.

—¡En efecto… ahora son ellos los sitiados! —dijo—. ¿Pero, qué veo? ¿Qué humo es el que sale de aquella casa?

—Señor; sin duda la habrán prendido fuego —contestó Richelieu.

—¡Sí… eso es…! —dijo el cardenal—. ¡Mirad, señor, cómo saltan por las ventanas…! ¡Dos… tres… cinco… y más…!, ¿oís sus gritos?

—¡Dios mío! —exclamó María Estuardo juntando las manos—. ¡Pobre gente!

—Me parece que distingo, batiéndose al frente de los nuestros, el penacho y la banda de nuestro primo el príncipe de Condé —dijo el rey—. ¿Es él, capitán?


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