Las dos Dianas
Las dos Dianas —Señor —dijo el paje entrando—, el señor duque de Guisa me encarga que participe a vuestra majestad que los reformados han abandonado el campo y se han declarado en plena retirada.
—¡Al fin! —exclamó el rey—. ¡Lo celebro!
—El señor teniente general del reino, tan pronto como no sea necesaria su presencia en las murallas, vendrá a dar cuenta de todo al rey —añadió el paje.
Evacuada su comisión, se fue el mensajero.
—¿Lo estáis viendo, señor? —preguntó el cardenal con expresión de triunfo—. ¿No fueron acertadas mis previsiones, cuando anuncié que todo se reducirÃa a una nube de verano, que mi ilustre hermano darÃa pronta cuenta de todos esos cantores de salmos?
—¡Oh, mi excelente tÃo! —exclamó Francisco II—. ¡Con qué rapidez habéis recobrado el valor!
En aquel momento resonó otra explosión, mil veces más formidable que la primera.
—¿Qué será ese ruido? —preguntó el rey.
—¡Es particular… incomprensible…! —dijo el cardenal temblando de nuevo.
Por fortuna, el terror no le duró mucho. A raÃz del estruendo entró el capitán de arcabuceros Richelieu, con la cara negra de pólvora y llevando en la mano una espada rota.