Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Pasaban los minutos y el fuego de los mosquetes iba en aumento. El pobre cardenal de Lorena ya no tenía energías para pronunciar una palabra. El rey apretaba los puños con cólera.

—¡Es particular! —exclamó María Estuardo—. Nadie viene a traernos noticias… ¿Es tan grave el peligro que no hay un hombre solo que pueda abandonar su puesto un instante?

—¡Oh! —gritó al cabo de algunos momentos el rey—. ¡Esta espera es insoportable…! Pero conozco un medio, medio seguro, de saber lo que pasa, y es ir yo mismo al lugar de la refriega… Supongo que el señor teniente general del reino no se negará a admitirme como voluntario.

Francisco dio dos o tres pasos hacia la puerta, pero María le atajó, diciendo fuera de sí misma:

—¡Señor! ¿Qué vais a hacer? ¡Enfermo como estáis…!

—Nada me duele; me encuentro perfectamente bien —replicó el rey—. La indignación ha sustituido a la enfermedad.

—Esperad, señor —dijo el cardenal—. Me parece que esta vez el ruido se aleja realmente… ¡Sí! Los tiros suenan con menos frecuencia… ¡Ah! Aquí viene un paje, portador de noticias, sin duda.


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