Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Se percibe el olor de la pólvora —dijo María Estuardo—. ¡Virgen Santa…! ¡Qué coros de gritos tumultuosos!

—¡Mejor que mejor! —respondió Francisco—. Los señores reformados han penetrado, a mi juicio, en la ciudad, y tratan de sitiarnos en regla en nuestro castillo.

—Pero, señor —observó el cardenal temblando—, si la situación se ha agravado hasta el punto que suponéis, ¿no sería lo más acertado que vuestra majestad se retirase a la torre? Podemos abrigar la seguridad más absoluta de que de la torre no se apoderarán.

—¿Yo? ¿Esconderme yo ante mis vasallos? —exclamó el rey—. ¿Ante los herejes? Dejadles que penetren hasta aquí, señor tío, que a fe que nada deseo tanto como saber hasta dónde llevan su osadía. Veréis cómo se limitan a suplicarnos que cantemos con ellos algunos salmos en francés y que les permitamos predicar en nuestra capilla de San Florentino.

—¡Por favor, señor! —suplicó María Estuardo—. ¡Prestad oídos a la voz de la prudencia!

—No —replicó el rey—. Quiero ver hasta dónde se atreven. Aquí les espero, no dudando que se presentarán como súbditos leales, pero, si alguno me faltase al respeto que me es debido, por mi real nombre juro que habrá de convencerse de que la daga que llevo en la cintura no es exclusivamente un adorno.


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