Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Pero el rey no le hacía caso; únicamente prestaba atención, mordiéndose los labios con cólera, al estruendo creciente producido por la artillería y los arcabuces.

—¡Me cuesta trabajo creer en tanta audacia… en semejante afrenta a la corona! —exclamaba.

—Terminará vergonzosamente para esos miserables, señor —contestaba el cardenal de Lorena.

—Con todo, a juzgar por el ruido que hacen, los rebeldes han debido de traer fuerzas considerables y no tienen miedo —observó el rey.

—Todo terminará en breve como una hoguera de paja —respondió el cardenal.

—No tiene trazas de terminar tan pronto, pues el ruido se va acercando y el fuego aumenta en vez de disminuir —replicó el rey.

—¡Jesús! —exclamó María Estuardo—. ¿Oís cómo se estrellan las balas contra la pared?

—Yo creo, señora… —balbuceó el cardenal— podrá ser… pero yo no noto que el estruendo aumente…

Interrumpió su frase una terrible explosión.

—Ahí tenéis la contestación, señor cardenal —dijo el rey sonriendo con amargura—, si no fuese bastante para contradecir vuestras palabras el espanto que refleja vuestro rostro.


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