Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—¡Vamos! —dijo el rey principiando a tranquilizarse—. Comienzo a creer, señor cardenal, que vuestro Ligniéres ha engañado a vuestra eminencia o bien que los hugonotes han cambiado de parecer.

—Lo sentiría —respondió el cardenal de Lorena—, porque estamos seguros de vencer a la rebelión.

—Pues yo me alegraría —replicó el rey—, porque sólo el combate habría sido una derrota para el trono…

No había terminado el rey la frase, cuando retumbaron dos tiros de arcabuz, que era la señal convenida de alarma, y casi al mismo tiempo corrió por las murallas, repetido por los centinelas, el grito de:

—¡A las armas! ¡A las armas! ¡A las armas!

—No queda duda; son los enemigos —dijo el cardenal de Lorena, palideciendo a pesar suyo.

El duque de Guisa se levantó con semblante casi alegre y, saludando al rey, dijo:

—Señor, hasta muy pronto. Tened confianza en mí.

Y salió con precipitación.

Aún se le oía dar órdenes en la antecámara, cuando sonó una descarga de arcabuzazos.

—Ya veis, señor —dijo el cardenal, quizá para distraer su miedo con la conversación—, que Ligniéres estaba bien informado, y que sólo se ha equivocado en algunas horas.


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