Las dos Dianas
Las dos Dianas
ESPUÉS de la salida del príncipe de Condé, ni el rey, ni María Estuardo, ni ninguno de los dos hermanos Lorena suscitaron la conversación acerca de lo que acababa de pasar. Parecía que de tácito y común acuerdo rehuían tan peligroso tema. Se arrastraban perezosos los minutos y transcurrían eternas las horas en aquel sombrío e impaciente silencio.
Francisco II se llevaba la mano con frecuencia a su abrasada frente; María, sentada a un lado, miraba tristemente el rostro pálido y abatido de su joven esposo, y de cuando en cuando secaba una lágrima; el cardenal de Lorena tenía fija la atención en los ruidos de fuera, y el Acuchillado, que no tenía ya que dar ninguna orden, y a quien su rango y el cargo que desempeñaba obligaban a estar siempre junto al rey, sufría, al parecer, cruelmente en aquella inacción forzada, y muchas veces golpeaba el suelo con el pie, como el brioso corcel de batalla cuando tasca el freno que le sujeta.
La noche avanzaba. El reloj del castillo primero, y luego el de San Florentino, dieron sucesivamente las seis y las seis y media. Comenzaba a apuntar el día sin que ningún ruido de ataque, ninguna señal de los centinelas hubiera turbado el silencio de la noche.
