Las dos Dianas
Las dos Dianas —Señor —dijo el Acuchillado al rey—, todo ha terminado. Los rebeldes han sufrido el castigo que merecÃa su crimen. Doy gracias a Dios que se ha servido librar al rey de tan gran peligro, pues según he visto, era mucho mayor de lo que suponÃamos. TenÃamos traidores en nuestras filas.
—¡Es posible! —exclamó el cardenal.
—SÃ; apenas iniciado el ataque, los reformados han sido secundados por los soldados de La Motte, que nos han atacado por el flanco. He aquà por qué han sido, durante algunos minutos, dueños de la ciudad.
—¡Es espantoso! —exclamó el cardenal.
—Lo habrÃa sido más todavÃa si los rebeldes hubiesen sido secundados también, como esperaban, por las fuerzas de Chaudieu, hermano del ministro, que debÃan atacar la puerta de Bons-Hommes.
—¿Y se frustró ese ataque?
—No llegó a realizarse, señor. El capitán Chaudieu se ha retrasado, a Dios gracias, y cuando llegue, será para ver despedazados a sus amigos. ¡Qué ataque ahora cuando guste! Ha de encontrar quien le conteste dentro y fuera de los muros. Para que reflexione antes de tentar la aventura, he dispuesto que sean colgados veinte o treinta amigos suyos en lo alto de las almenas de Amboise: creo que el espectáculo le servirá de saludable aviso.