Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Capítulo LII

AUNQUE los conjurados habían hecho constar en el manifiesto que se encontró entre los papeles de La Rénaudie la protesta de que no intentarían nada contra la majestad del rey, contra el Estado del reino ni contra los príncipes de la sangre, es lo cierto que se habían declarado en rebelión abierta y empuñado las armas, y, por consiguiente, habrían de sufrir la suerte de los que son vencidos en las contiendas civiles.

El trato de que eran objeto los protestantes cuando se conducían pacíficamente, debía, por otra parte, de inspirar les pocas esperanzas de lograr el perdón.

El Parlamento de París y el canciller Olivier fueron los encargados de juzgar a los complicados en la empresa. Se imprimió gran actividad a los sumarios, los interrogatorios fueron evacuados con rapidez y la sentencia no se hizo esperar.

Con los autores sin importancia de la rebelión hasta se prescindió de esas formalidades.

Se trataba de gente insignificante, que fue enrodada o ahorcada en pocos días en el mismo Amboise, a fin de ahorrar trabajo al Parlamento. Los honores de la justicia únicamente fueron otorgados a las gentes de cierto rango social o de algún renombre.

En menos de tres semanas quedó terminado todo.


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