Las dos Dianas
Las dos Dianas Una comisión extraordinaria formó proceso contra el príncipe y condenó en Orleáns a muerte, por el delito de instigador de la rebelión, al mismo cuya inocencia había garantizado en Amboise con su espada el duque de Guisa.
Faltaban únicamente una o dos firmas, no estampadas al pie de la sentencia gracias al canciller L’Hópital, para que aquella fuese ejecutada.
Tal era el estado en que se hallaban las cosas la noche del 4 de diciembre para el partido de los Guisa, cuyo brazo era el Acuchillado y cuya cabeza era el cardenal de Lorena, y para el partido de los Borbones, del cual era Catalina de Médicis el alma secreta.
Todo dependía, para los unos y para los otros, del aliento expirante del adolescente coronado.
Si la vida de Francisco II se prolongaba algunos días, el príncipe de Condé moriría en el cadalso, el rey de Navarra perdería la vida en cualquier duelo, y Catalina de Médicis sería desterrada a Florencia. Siendo dueños los Guisa de los Estados Generales, eran los señores absolutos, y en caso de necesidad, los reyes.
Si, por el contrario, fallecía Francisco II antes de que sus tíos se hubiesen desembarazado de sus enemigos, volvería a empezar la lucha con mayores probabilidades en favor de los segundos que de los primeros.