Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Por consiguiente, lo que Catalina de Médicis y Carlos de Lorena esperaban y acechaban con angustia en aquella noche fría del 4 de diciembre, en la cámara del bailío de Orleáns, no era tanto la vida o la muerte de su augusto hijo y sobrino cuanto el triunfo o la derrota de su causa respectiva.

María Estuardo era la única que cuidaba a su adorado esposo sin pararse a pensar en lo que podía perder con su muerte.

No vaya a creerse, empero, que el sordo antagonismo existente entre Catalina de Médicis y el cardenal se trasluciese exteriormente ni en sus ademanes ni en sus palabras, pues antes por el contrario, jamás se habían manifestado tan confiados y tan afectuosos entre sí.

En aquel mismo momento, aprovechando el sueño del rey, hablaban en voz baja, y en los términos más amistosos del mundo, de sus pensamientos más secretos y de sus intereses más íntimos.

Conformándose entrambos con los principios de la política italiana de que en otro capítulo hemos visto una muestra, Catalina disimuló siempre sus intrigas, y Carlos de Lorena aparentó que no las sospechaba, de lo que resultó que siempre se trataron como aliados y amigos. Eran como dos jugadores que tratan de engañarse mutuamente con la mayor lealtad, y para ello se valen a las claras de artificios y de falsedades.


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