Las dos Dianas
Las dos Dianas —SÃ, señora, sà —decÃa el cardenal—; ese testarudo de canciller se niega a firmar la sentencia de muerte del prÃncipe… ¡Ah, señora! ¡Con cuánta razón os oponÃais hace seis meses a que L’Hópital sucediera en el cargo a Olivier! ¡Por qué no os comprenderÃa yo entonces!
—¡Cómo! ¿Pero es posible que no haya manera de vencer su resistencia? —preguntó Catalina, que era la inspiradora de L’Hópital.
—He recurrido a los halagos y a las amenazas —contestó el cardenal—, y siempre ha permanecido inflexible.
—¿Por qué no prueba a ablandarle el duque?
—¡A ese mulo de la Auvernia no le ablanda nadie! Además: ha declarado mi hermano que no quiere mezclarse en nada.
—Es una lástima —dijo Catalina de Médicis arrebatada de gozo.
—Con todo, hay un recurso que nos permitirÃa prescindir de todos los cancilleres del mundo —insinuó el cardenal.
—¿De veras? ¿Y cuál es ese recurso? —interrogó Catalina con inquietud.
—Hacer que el rey firme la sentencia.
—¡El rey! ¿Pero puede hacerlo? ¿Tiene derecho a ello?