Las dos Dianas
Las dos Dianas —Indiscutible: hemos procedido ya asà en este mismo asunto cuando, asesorados por los jurisconsultos de más fama, se dictó sentencia, no obstante haberse negado el prÃncipe a contestar a los interrogatorios.
—¿Pero, qué dirá el canciller? —preguntó Catalina verdaderamente alarmada.
—Gruñirá como tiene por costumbre —contestó con tranquilidad Francisco de Lorena—, nos amenazará con devolvernos los sellos…
—¿Y si los devuelve?
—Tanto mejor para nosotros, porque nos veremos libres de un censor molesto.
—¿Y cuándo queréis que se firme esa sentencia?
—Esta misma noche, señora.
—¿Para ejecutarla…?
—Mañana.
La reina madre se estremeció.
—¡Esta noche! ¡Mañana! —exclamó—. ¿Lo habéis pensado bien? El rey está muy enfermo, muy débil, y no tiene la cabeza bastante despejada para comprender lo que le digáis.
—Con tal que firme, ninguna falta nos hace que comprenda.
—¡Es que no creo que tenga fuerzas para sostener la pluma!