Las dos Dianas
Las dos Dianas —No faltará quien le lleve la mano —contestó el cardenal, que gozaba lo indecible al ver el espanto retratado en el rostro de su amada enemiga.
—Escuchad —dijo con grave acento Catalina de Médicis—. Debo haceros una advertencia y daros un consejo. El fin de los dÃas de mi querido hijo está más próximo de lo que creéis. ¿Sabéis qué me ha dicho Chapelain, nuestro primer médico? Que a menos de un milagro, no cree que la vida del rey pueda prolongarse hasta la tarde de mañana.
—Razón de más para que nos apresuremos, señora —contestó con frialdad el cardenal.
—Perfectamente —replicó Catalina—; pero si Francisco no existe mañana, será rey Carlos IX, y probablemente entrará en funciones de regente el rey de Navarra. ¿Pensáis en la terrible cuenta que entonces se os pedirá de la muerte infamante del hermano del regente? ¿No teméis ser juzgado, sentenciado…?
—¡Oh, señora! Quien no se expone a perder, jamás podrá abrigar esperanzas racionales de ganar —contestó el cardenal despechado—. Por otra parte: ¿quién puede asegurar que sea nombrado regente Antonio de Navarra? ¿Quién nos asegura que Chapelain no se ha equivocado en su pronóstico? El rey vive todavÃa, y mientras hay vida…