Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Hablad más bajo… más bajo, tÃo! —interrumpió MarÃa Estuardo levantándose asustada—. ¡Vais a despertar al rey…! ¡Lo que yo temÃa…! ¡Ya le habéis despertado!
—¡MarÃa…! ¿Dónde estás? —preguntó con voz muy débil Francisco II.
—¡AquÃ… a tu lado, mi adorado esposo! —respondió MarÃa.
—¡Ah! ¡Cuánto sufro! —repuso el rey—. ¡Mi cabeza arde, siento en mi cerebro los ardores de un volcán! ¡Y el dolor de oÃdos…! ¡Es insoportable! ¡Parece como si me estuvieran clavando un puñal! ¡Oh! ¡Este es el fin, lo comprendo! ¡Mi vida se acaba!
—¡No digas eso, por la Virgen, no digas eso! —contestó MarÃa conteniendo las lágrimas.
—Me falta la memoria… —añadió Francisco II—. ¿Me han administrado ya los Santos Sacramentos?
—Se cumplirán todos tus deseos, mi querido Francisco; no te atormentes.
—Quiero ver a mi confesor, al señor de Brichanteau.
—Al momento le tendrás a tu lado.
—¿Has rezado por m�
—No he cesado de hacerlo desde esta mañana.
—¡Pobre MarÃa, qué buena eres…! ¿Y Chapelain, dónde está?