Las dos Dianas
Las dos Dianas —AhÃ, en la cámara contigua, pronto a acudir cuando le llames. También están aquà tu madre y tu tÃo el cardenal; ¿quieres verles?
—¡No, no! ¡A ti solamente, MarÃa! —contestó el moribundo—. Vuélveme un poco hacia este lado… asÃ… quiero verte siquiera una vez.
—¡Animo, Francisco! —exclamó MarÃa Estuardo—. Dios, que es infinitamente bueno, escuchará, sin duda, mis fervientes oraciones.
—¡Sufro horriblemente… ya no veo… apenas oigo…! ¿Dónde está tu mano, MarÃa?
—¡Tómala, mi adorado esposo…! ¡Apóyate sobre mÃ! —dijo MarÃa Estuardo reclinando sobre su hombro la cabeza del rey.
—Entrego mi alma a Dios, pero te dejo para siempre mi corazón, MarÃa… ¡SÃ, para siempre…! ¡Pero qué triste es morir a los diez y siete años!
—¡No, no! ¡No morirás! ¿En qué hemos ofendido a Dios para que nos castigue as�