Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—¡No llores, María, no te desesperes, que ya nos reuniremos de nuevo en el cielo! Sólo siento dejar este mundo por ti; si pudiera llevarte conmigo, sería feliz al morirme. Más hermoso es el viaje al cielo que el que proyectábamos a Italia. Siento morir porque no puedo llevarte conmigo, y porque creo que, sin mí, nunca más volverás a estar alegre. ¡Te harán sufrir, pobre María mía! Tendrás frío en el alma, estarás sola, te matarán, ¡desdichada alma mía! Esto es lo que me aflige mucho más que mi muerte.

El rey, falto de fuerzas, volvió a caer sobre la almohada y guardó un silencio letárgico.

—¡No, Francisco, no morirás, no morirás! —exclamó María—. ¡Escucha! ¡Nos resta una esperanza muy fundada, una probabilidad en la que tengo gran fe!

—¿Qué decís? —preguntó Catalina de Médicis, acercándose asombrada.

—¡Sí! —insistió María Estuardo—. ¡La vida del rey puede salvarse, y se salvará! Una voz, que brota del fondo de mi corazón, me dice que los médicos que le rodean son unos ignorantes, unos ciegos; pero existe un hombre hábil, un hombre sabio y de renombre, el que en Calais salvó la vida a mi tío…

—¿Ambrosio Paré? —preguntó el cardenal.


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